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Dicen que el amor no tiene fronteras, que las palabras sobran, que el idioma no importa… y creo que es cierto, en muchos sentidos…

Sin embrago, me inquieta en estos días eso de entenderse y comunicarse, o lo contrario para mi… atascarse y enmudecer. Esta es mi experiencia de entenderse con otro, con pocas palabras, en un idioma distinto al conocido pero con un destino en común, comunicarse, encontrarse, vincularse…

Destaco el cuerpo como un aliado increíble, expresa tanto y se deja de llevar de una forma que dice más de lo que yo misma creía poder decir… le echo la culpa a la química, algo en la mirada, en la forma de acercarse, de mirarse mutuamente, en el olor, el tono de voz, los colores… todo hace un sentido en la mente, el olfato, el gusto… el corazón. Esta es una motivación o la base, porque me parece que ahí, las palabras no están todavía al alcance de la conciencia, solo son medios de encuentros en medio de otros muchos encuentros químicos que se dan a la vez. Y todo coincide y fluye, con descaro, para el encuentro.

Ahora pienso, se comienza una relación, por algo que va más allá de lo verbal, que nos atrae, aun si hablamos el mismo idioma y pertenecemos a una misma cultura. ¿No es así, acaso, cuando con nuestros hijos recién nacidos, vamos creando un vínculo con solo miradas? Recuerdo esa etapa de vínculo completo, presente, atento… por ambas partes. Tratando de entendernos.

Para mí, la mirada, dentro de los sentidos que tengo, es al sentido que le asigno más importancia en el proceso de vincularme y conectarme con otro, los ojos me hablan y siento que los míos también hablan de emociones, sentimientos, de confianza, transparencia. Y a veces me engañan o ¿será que veo lo que quiero ver? Es una pregunta para tener presente… especialmente por qué muy frecuentemente, (demasiado quizás…), juzgo con solo lo que estoy viendo y, no pocas veces, debo admitir, me equivoco y me sorprendo de mis interpretaciones… y a pesar de ello… sigo fiándome de mi mirada.

Conecto, a veces con harta inconsciencia o inocencia, con las expresiones, con los olores, sabores particulares de cada persona que me relaciono, y desde ahí me parece que con cada uno se establece un idioma propio, que me transforma y me desafía a profundizar para no dejar de encontrarnos. Ese idioma, al que me refiero, tiene un vínculo que se basa en contenidos particulares, temáticas, todo lo que se habla, lo que no se habla, y lo que querríamos que fuera esa relación, expectativas de encuentro. En mi entorno conocido, me relaciono con mi madre de una forma particular, con mi pareja de otra, con mis hijos, con mis vecinas, con mis compañeros de trabajo y con cada uno es distinto, particular y único. ¿Increíble o no? Reconozco en mí esa infinita capacidad de armar relaciones distintas.

Ahora, yendo a la situación particular que me convoca…, sumen a esta comunicación el estar en un País como extranjero, con una cultura por descubrir, con un idioma que no es el propio y que solo empezamos a conocer… la mirada se encuentra en el amado.

Algunas palabras fluyen rápidas al encuentro, el principio no necesita muchas palabras, solo acciones, gestos, todo invita, me sorprende y me atrapa. En el correr del tiempo, las palabras se multiplican y en este idioma de los dos, empiezan a escasear. En esta relación pocas palabras son suficientes y a veces tremendamente insuficientes.

Quedo atragantada, cuando quiero ir más allá, de lo cotidiano, de lo útil, de lo simple…cuando siento que las ideas o reflexiones quedan encerradas, atascadas en un limbo al no poder pronunciarlas en ese idioma nuestro, porque necesitan expresión verbal. Y se detiene algo en mí, por no poder llegar a esa profundidad que solo me pueden dar las palabras… es un vaivén para palear en la memoria las palabras correctas que den con el sentido esperado. Y varias veces me quedo en el atasco y con la sensación de que hasta ahí llegamos, por hoy… esa es mi esperanza.

En la calle, en el entorno mi mirada se funde en ti y se confunde… los olores son desconocidos; los sonidos de la gente y sus conversaciones resuenan como sonidos sin sentido e irreconocibles para mí. Trato de escuchar, reconocer… y algo logro. Me defiendo con la mirada, con gestos y balbuceando en este nuevo idioma como una niña. Me anima la curiosidad, la sorpresa, el amor que siento por lo desconocido, por ti, por tu mundo tan distinto y tan igual al mío.

Duele cuando quedo en el atasco de querer decir algo y no poder expresarlo para que me entiendas, duele quedar en la superficie cuando siento tanta luz y necesidad de la profundidad; mi esperanza es el encuentro mágico que nos sucede en algún recodo del camino, sin palabras y la posibilidad de ir de a poco, paso a paso, aprendiendo un idioma propio, para encontrarnos con las palabras que se nos hacen esquivas y pocas en estos momentos.

A mi juicio, se puede amar en otro idioma. Es un desafío el crear ese idioma de los dos. Y quizás la gran oportunidad es esa, el saber que tenemos que crear conscientemente la forma de comunicarnos entre nosotros, para que no nos atasquemos a la vera del camino y paremos de seguir avanzando, aprendiendo y conociéndonos.

Quizás mi creencia inicial era que en la obviedad de tener el mismo idioma, con tu pareja, no había necesidad de darle la relevancia de crear o aprender algo especial. Luego de escribir esto, veo la importancia y atención que le estoy dando a este aspecto en mi relación, y doy gracias por esa diferencia de idioma, que me está enriqueciendo con aprendizajes, con una variedad de palabras, colores, olores y sentidos – distintos a los míos,- todos los días.

Quizás la moraleja que saco de esta reflexión, si es que se me permiten sacar alguna y contarla, es algo que todas las parejas debiéramos saber: …que independiente de donde seamos o la lengua que hablemos, cada uno habla su “idioma” y encontrarse puede tener que ver con crear ese idioma de los dos.

Ana María Correa

Coach Ontológica Senior de Newfield Consulting.

Candidata a Magister en coaching Ontológico Avanzado, Universidad San Sebastián (2015).

Diplomado en Competencias Conversacionales y Diplomado en Coaching Ontológico, Universidad del Desarrollo (2013).

Directora Ejecutiva del Centro Nacional de la Familia, CENFA y CENFA OTEC, Fundación con 50 años de existencia, privada, sin fines de lucro cuya misión es el fortalecimiento de la familia en Chile. Docente de Escuela de Trabajo Social de la PUC, Pontificia Universidad Católica de Chile. Labor por la que fue galardonada como una de las 100 mujeres líderes del 2014 por el diario Chileno el Mercurio.

Mentora Programa Comunidad Mujer para el emprendimiento.

Este artículo fue escrito por personal no perteneciente al área administrativa de Newfield Consulting ni de Eureka, por lo tanto no nos hacemos responsables de las opiniones y comentarios reflejados en el mismo.

Lisette Hernandez

3 Replies to “Amar en otro idioma”

  1. Que linda reflexión Ana, una invitación al desafío de un nuevo idioma en parejas…Me quedo con esto!
    Gracias por compartirla!

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