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El mayor costo de una pandemia no es económico, sino emocional.

El dios Pan (todo), perseguía por los bosques a las ninfas, las asediaba y acosaba sin dejarlas tranquilas ni respirar. Quizá sea este uno de los sentidos que aporta a la palabra Pandemia, la que viene de la expresión griega pandemon nosema que significa enfermedad; de pan, totalidad y dem, pueblo, “el pueblo entero”. No siendo un concepto desconocido, sí nos ha “invitado” a una vivencia no reconocida para todos. ¿Cuándo se inicia esta experiencia? Mucho antes de que comenzara en Chile la pandemia en sí. Fue en nuestro último verano cuando escuchamos dramáticos informes provenientes del hemisferio norte con la Pandemia del Corona Virus, especialmente en España e Italia. Me sentí conmovido con esa realidad inesperada y dramática… Fueron muchas las oportunidades en las que me pregunté cómo sería, si aquello que nos anunciaban con tiempo y que todavía podíamos detener, llegara a pasar en Chile. Difícil dimensionarlo en ese entonces, cuando parte de Europa resultaba verse pequeña e indefensa frente a la monstruosa devastación del Covid 19. Si en España pasaba a ese nivel, ¿qué nos esperaba si no tenemos ni la sombra de las instalaciones hospitalarias que ellos tienen?

¿Qué pasó por nuestra mente ese verano cuando escuchamos que los enfermos de Corona Virus en Italia morían en los pasillos de los hospitales sin posibilidad de ser atendidos? Siento que no nos detuvimos a pensar en el significado emocional que implica una pandemia desarrollada en nuestra sociedad. ¿Cómo afecta el seno de una familia, cuando fallece un abuelo, una madre o un hijo? Posiblemente la mayoría de los que hacen fiestas, salen a las ferias llenas de personas, tratan de escaparse a la playa los fines de semana y repletan las calles de las ciudades en cuarentena, nunca pensaron en el dolor que de una u otra forma son cómplices al abrir el espacio de contagios. Lo que podemos interpretar del comportamiento desafiante de los ciudadanos en las calles, apunta a una inconsciencia a nivel existencial. El mayor costo de una pandemia no es económico, sino emocional. Toda pérdida de un ser querido es dolorosa, pero en un contexto como el actual, pareciera ser, además, cruel.

Podemos sentirnos afectados cuando el círculo de la muerte por Covid empieza a cercarnos, cuando los fallecidos, ya no son los desconocidos que aumentan una estadística, sino son amistades de nuestras amistades, luego son parientes de nuestros parientes, hasta llegar al último eslabón que es el de un familiar directo. Me duele que sean médicos, enfermeras y paramédicos quienes se contagien, porque su exposición no ha sido por irresponsabilidad, sino por vocación. Me hiere en lo profundo saber de casos dramáticos como los que he escuchado esta semana de matrimonios jóvenes que fallecen o dejan en la más tormentosa de las soledades a sus parejas, hijos o padres, sin poder siquiera decirles adiós. Me estremece ver las noticias cual arena romana donde pareciera que la información de los fallecidos corresponde a gladiadores que, en ese circo televisivo, son un punto más de una curva que crece, mientras sus espectadores observan como se abren las zanjas en Brasil, o se comenta que no hay más cajones y que los cementerios tienen listas de espera. Entonces, abruptamente, de espectadores ya somos gladiadores con el mismo miedo engarbado que nos derriba y en el contexto, nos sostiene, como luchadores en la arena al enfrentar la muerte.

Entonces, ¿qué nos ha pasado? ¿Por qué las calles están llenas de personas? ¿Por qué exponer a la familia y a los demás? Quizá la respuesta de que necesitan salir todos los días a comprar el pan porque no pueden vivir sin él, la validemos desde la mirada de lo cotidiano… pero, sin embargo, con Covid pareciera que tampoco se puede vivir… Sería peor perder la vida o contagiar a inocentes al insistir que sin pan no se podría vivir… porque, si no se come pan, puede que no pase nada; pero si exponen, quizás ya no necesites comprarlo nunca más…

Me inspira una historia que escuché ayer. Se trata de una joven viuda, familiar de unos conocidos. Ella con Covid, de 8 meses de embarazo, perdió a su esposo de 35 años, no lo volvió a ver nunca más cuando lo dejó en una urgencia; ni el pan, ni un plato de porotos o una bebida que salieron a comprar al súper donde se paseaba un contagiado, le devolverá la vida al padre de su futuro hijo. A veces, sopesamos la vida a partir de nuestras necesidades cotidianas, poniendo en riesgo nuestra existencia. Entenderlo es tan complejo como quedarse en casa, y convencernos de que ya nada volverá a ser como antes, al menos por un buen tiempo. Esto implica renovar nuestras rutinas y habitualidades y resignificar nuestras interpretaciones del vivir y su sentido en relación a la realidad que nos toca enfrentar. Ahora dependemos de ser competentes genéricamente, porque si estuviéramos dispuestos a aprender, en esta nueva forma de vida en pandemia; respetando, escuchando instrucciones, sugerencias y normativas para cuidar y cuidarnos, sin pasar a llevar a nadie, si aprendiésemos a colaborar compartiendo en este contexto de adaptación, quizá valoraríamos más la vida, no solo la nuestra, sino la de quienes comparten nuestro espacio vital.

Escuchar y aprender a escuchar, conversar y no rehuir las conversaciones que nos refieran a lo que nos está pasando, enfrentar los temas, hacernos cargo para mejorar, comprometernos éticamente con los demás, son solo algunos de los aprendizajes genéricos que requerimos con urgencia para detener esta pandemia que nos asedia cual ninfas seguidas por Pan en su jardín… Hacernos cargo significa decir no salgo, no haré nada que perjudique a otros, cosecharé mis naranjas y las repartiré entre mis vecinos… Será tener claridad de que somos frágiles, ya que como seres humanos, nos constituimos desde la fragilidad, que abruptamente se nos presenta y nos remece.

¿Cuándo fue la última vez que escuchamos que necesitábamos del autocuidado? ¿Será que llegó la hora de empezar a reflexionar? ¿Por qué un virus de dudosa procedencia tuvo que venir a remecer a la humanidad para convencernos de nuestra maravillosa fragilidad? Esto puede ser más que distanciamiento social, es conciencia para aportar a una transformación necesaria de nuestras habitualidades, rutinas y formas de pensar y de sentir. Es descubrir y aprender nuevas formas de relacionarnos entre todos, desde nuestros afectos, con respeto, comprensión y amor; mitigando, quizás un poco el necesario distanciamiento social que la pandemia nos obliga.

¿Por qué morir en soledad entre cientos de seres abandonados a su suerte cuando ya no hay espacio para más enfermos? Este no es del límite, está antes, es un acuerdo no declarado de cuidarnos todos, para que no lamentemos que el círculo de la muerte se acerca a nuestras familias. El límite es estar atentos a la fragilidad de nuestro ser y que se proyecta en la existencia, sostenido por el amor a nosotros mismos, al prójimo y a la posibilidad de continuar viviendo en un escenario cambiante, porque la obra que escribió la vida, la empezamos a borrar con el codo cuando decidimos ser menos generativos, y la idea de mejorar el mundo mutó por la de acomodarnos en él.

Julio Vera Royo

Profesor de Estado en Castellano, Coach Ontológico Senior, Magister en Coaching Ontológico, Doctorando en Educación, Universidad de Salamanca.

Este artículo fue escrito por personal no perteneciente al área administrativa de Newfield Consulting ni de Eureka, por lo tanto no nos hacemos responsables de las opiniones y comentarios reflejados en el mismo.

Lisette Hernandez

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