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En esta Escuela de Coaching Ontológico entendemos que el poder refiere a la capacidad de acción efectiva que posee una persona o institución, mientras más poderosa sea, más y mejor podrá realizar aquello que crea necesario, para conseguir o asegurar el resultado buscado.

En el dominio de la política, generalmente entendemos que el poder refiere a la capacidad que una persona o institución para modelar la conducta ajena, es decir, lograr que los otros realicen la conducta prescrita.

Los gobernantes y toda autoridad hace precisamente eso, logran que por la fuerza, por costumbre o por convicción, la población o buena parte de ella realice las conductas que ellos han definido como adecuadas, buenas o verdaderas.

También los padres y madres, los cónyuges, los amantes, los y las hermanas, los amigos, todos, en algún punto, tratan de obtener que el otro o la otra realice la conducta predefinida como adecuada desde su posición.

Como hemos constatado en nuestro propio trabajo como coaches, la generalidad de las veces, quienes ejercen este tipo de poder/dominación, lo hacen sin considerar al otro en su particularidad, libertad y autonomía, no reconociendo al otro como digno en su plenitud de derechos, por lo que se actúa irrespetándolo, lo que se hace de diversos modos, sea que se le trate de convencer de su error, se le corrija, se le ignore, se le combata e incluso, se le elimine.

Esta es una de las principales causas del dolor que hoy viven las personas del mundo entero, que consiste básicamente en afectar ilegítimamente la vida de los otros, individual y colectivamente, imponiendo modelos ajenos que las personas deben vivir como propios, situación que engendra sentimientos de inautenticidad que ataca directamente la experiencia de sentido de la vida y del que muchas veces nace el temor de no ser suficiente, miedo a la autoridad, miedo al otro, rabia, resignación, resentimiento, emociones y estados de ánimo que impiden un genuino desarrollo de cada uno, y por cierto de las Comunidades.

Dado este panorama, hoy por hoy, todo poder establecido, Gobierno, Congreso, jueces, iglesias, padres y madres, jefes, gerentes, es mirado con sospecha y existen buenas razones para ello, pues la historia de la Humanidad está repleta de un ejercicio del poder que, invisibilizando al otro como ser legítimo, se manifiesta despiadado, y casi nunca se ejerce considerando el genuino beneficio o bienestar de los otros en cuanto otros.

Aún cuando desde el lugar en que se ejerce este tipo de poder político siempre se construyen justificaciones y explicaciones, como el padre que castiga o prohibe por el bien del hijo; o el gobernante que justifica el genocidio por el bien de la Patria, lo claro es que muchas veces este poder se ejerce sin tomar en cuenta realmente el querer y la dignidad de los gobernados y gobernadas, sino solo aquello que quien ejerce el poder mira como necesario de imponer a los otros.

Es así que, durante milenios, la búsqueda de poder/dominación se ha constituido en el eje central de la política, y por ello mismo hoy, en todo el mundo la actividad política es mirada con temor y a lo menos con suspicacia por las personas comunes, quienes la más de las veces, ven restringida su existencia a ser sujetos económicamente productivos y políticamente obedientes.

De lo dicho, pareciera que el ejercicio del poder siempre produce un desequilibrio y asimetría que resulta en perjuicio de la mayoría de las personas, y efectivamente, si repasamos la historia, así porfiada y terriblemente se nos muestra.

Este modelo de autoridad y su crisis actual, nace a mi entender y desde la plataforma ontológica, de la forma en que se le ejerce: desde un predominio desmedido del enfoque único que impide ver y valorar la inmensa riqueza y oportunidades que representa la diversidad humana, por lo que siempre trata de normalizar o naturalizar aquello que pretende imponer. Esta forma de entender la relación con los demás y con el mundo, es aprendida, no es natural.

Este poder/dominación, además de la la fuerza, emplea la naturalización de aquello que no es natural, convenciendo que sus categorías y formas de convivencia son las que son por naturaleza, las normales, de modo que la Población acepte que esa es la forma natural en que se vive. Por ejemplo, que el mercado es el gran articulador de la economía. Y no es que no existe esa posibilidad, sino que se la presenta como la que deriva de la naturaleza humana, la que debe ser.

El poder institucionalizado con el correr de los siglos derivó en la creación de un modelo de democracia, denominada representativa, en la que el pueblo o los ciudadanos, como queramos llamarle, delegan la facultad de ejercer la soberanía en determinadas personas electas, las que en el ejercicio de su función obran con absoluta prescindencia de sus mandantes pues no hay mandato. Es decir, en el ejercicio de su función, el representante nada debe indagar, nada debe escuchar, sino que es su privilegio obrar como su conciencia, su convicción o sus intereses le dicten, sin tener que dar cuenta o responder ante sus mandantes de nada en absoluto.

Si no se establecen los mecanismos que obliguen a los representantes a escuchar a sus mandantes o a cumplir sus promesas, si no se establecen consecuencias para la infracción de estos deberes básicos de convivencia, el resultado será unos gobiernos, unas autoridades que funcionan y deciden desligados de las inquietudes, necesidades y experiencias concretas de sus representados.

Como se dijo, en el tipo de poder que naturaliza este modelo de democracia representativa, se nos convence que el acto más importante de la democracia es el voto del ciudadano individual y que el resto de las cuestiones atinentes a la administración de la polis queda restringida a los especialistas, a los políticos, transformándonos el resto en meros espectadores de cómo estos representantes ejercen el poder que nosotros le hemos conferido.

Así, la democracia, que debería ser expresión de todas las voluntades, es secuestrada por una pequeña élite que se las amaña para siempre obtener la representación de todos, naturalizando un modelo, per se, excluyente.

En este punto resulta imprescindible preguntarnos si eso es necesariamente así, ¿Es que estamos condenados a que la convivencia social se realice de esa manera?, ¿Es que debemos resignarnos a mandar u obedecer?

Resulta evidente que, sea que seamos millones, miles, o aun si fuéramos dos, es necesario tomar decisiones y ejecutar acciones que no van a dejar contentos o satisfechos a todos, ni siquiera a la mayoría, pues cada uno, al ser un mundo en sí mismo, ve todo de modo diferente a como lo ven los otros.

No parece haber salida.

Sin embargo, creo firmemente, desde el lugar de la filosofía, y particularmente desde la filosofía política y la ontología del lenguaje, que sí existe salida, y no una, sino múltiples, infinitas en realidad.

De esto trata este planteamiento, este abordaje del tema del poder y la democracia desde la filosofía, de cómo entre todos encontramos formas de organización y vida en común en que no se niegue ni se deprede a nadie, y menos a la mayoría, sino más bien, haciéndose cargo de la diversidad humana, del conflicto, genere los aprendizajes y sistemas que posibiliten su adecuada resolución, sin atropello y quebrantamiento de la dignidad y autonomía humana, de un modo que nos permita en definitiva constituirnos en seres más genuinos y relativamente felices.

Creo que el conflicto es inevitable, cada cual tiene intereses e inquietudes, miedos y aspiraciones, que responden a su propia historia, aprendizajes y estructura de personalidad, lo mismo aplica a los distintos grupos humanos que existen dentro de la sociedad global, los países, las regiones, las ciudades y pueblos, las etnias, los gremios, las familias, etc., etc.

Siendo inevitable el conflicto parece ser que la pregunta es ¿Cómo nos hacemos cargo del conflicto?, ¿cómo se resuelve?, ¿cómo hemos de decidir qué hacemos o no hacemos, sin anular ni invisibilizar, a los otros, que son la mayoría?

Desde la política, se han ideado algunas soluciones:

– Permitir que cada cual haga lo suyo como le parezca, lo que aunque pareciera liberador de toda opresión, lo que hace no es sino entronizar la más abyecta de las tiranías, pues sin más razón o fundamento predominará la “razón” del más o los más fuertes, lo que deja a la gran mayoría a merced de aquellos que logren apropiarse de la fuerza, para imponer su particular interés o mirada.

– También se han ideado e implementado sistemas en que en torno de una fundamentación esencial, Dios, el linaje, el Pueblo, el proletariado, la sabiduría, la razón o la meritocracia, establecen formas más o menos autoritarias de gobierno, tales como las monarquías, tiranías y dictaduras de todo tipo, “democracias protegidas”. En este tipo de modelos, que son los que más han abundado en la historia, se producen también grandes, masivas y cotidianas violaciones a la dignidad de las personas, los pueblos y comunidades.

– Contemporáneamente, aunque ya existen antecedentes en la Grecia Clásica de hace 2.500 años, aparecen las democracias representativas, que como vimos, resuelven, o tratan de resolver el conflicto entregándolo a la decisión de aquellos que tienen derecho de decidir, que pueden ser muchos o muy pocos.

– En la Grecia clásica, y en las nacientes repúblicas latinoamericanas de comienzos del siglo XIX, el porcentaje de la población que tomaba parte en los asuntos públicos, es decir, en la resolución del conflicto, era muy pequeño.

– Recordemos que solo tenían derechos políticos los hombres, los nacionales (atenienses, chilenos, argentinos, mexicanos, …. según sea el caso), los dueños de bienes raíces, que sean mayores de 25 años y que además sepan leer y escribir. Lo que dejaba la ciudadanía, es decir el poder de decidir, en manos de muy, muy pocos.

– Este es el origen de la democracia, un origen del sistema que creo ofrece una verdadera oportunidad de convertirse en la llave para que la sociedad y cada persona dentro de ella transite hacia lugares de cada vez mayor autonomía y felicidad, construyéndose a si misma cada vez más desde un lugar genuino que de cuenta del ser que quiere ser.

– La Democracia tal como la conocemos hasta ahora parece ser, sin dudas, la mejor forma de organización, que permite disminuir notablemente el sufrimiento de las mayorías mediante un mecanismo muy simple, cuál es, que a cada poder instituido, se le oponga uno contrario o distinto, que opere como contrapeso y control. De este modo, se establece un sistema en que todos controlan a todos, impidiendo que unos pocos se apoderen del control del Estado y de las instituciones para su propio y particular provecho.

– Para lograr tal propósito se crea un sistema político en que sean los ciudadanos quienes eligen a sus representantes en unos cargos de autoridad por un tiempo determinado, dotándolos de unas facultades y capacidad de acción, teóricamente siempre susceptibles de ser controlados y de responder de sus actos, si en el ejercicio de sus funciones se apartan de aquello establecido por la ley como lo permitido o bueno.

– En este sentido, la ley, como expresión de la voluntad de los ciudadanos, pero creada por los representantes, es el principal dispositivo que articula de este orden político y social.

– Tenemos por una parte, los gobernantes que representan hipotéticamente a todos, y por otro lado a la ley, que es dictada por los propios gobernantes en el nombre de todos, y que sirve de cauce y control de los gobernantes y fundamentalmente de los gobernados.

– Podemos ver claramente como, es un sistema basado en el control externo, en ese sentido, se trata de una democracia gendarme, es decir, una democracia que logra la adhesión principalmente por medio del principio de responsabilidad, es decir, de tener que responder, incluso penalmente, cada vez que se infringe la ley. De este modo todo el sistema se sostiene primero sobre el convencimiento y segundo, sobre la sanción, sobre el poder punitivo del Estado, y con ello el temor, se transforma en el elemento sistémico que da coherencia a la diversidad humana. El sistema logra principalmente la colaboración de los millones que somos mediante el miedo a las represalias, aunque como veremos, no es la única forma en que lo logra.

– Es fácil darse cuenta cómo en un sistema de ese tipo lo formal es lo predominante, pues aparentemente la forma más fácil y efectiva de controlar, es enfocándose en la forma de los actos, en que estos cumplan ciertos estándares predefinidos en la ley como adecuados, y castigando cada vez que nos encontremos ante actos que se alejan de ese estándar establecido.

– Sin embargo, un sistema creado sobre tales bases es campo propicio para que aparezcan y se consoliden ciertas modalidades de ejercicio del poder, de la soberanía delegada, que lo que hacen es subvertir los principios de la democracia, logrando que retrocedamos a la situación en que sean solo unos pocos los que resuelvan el conflicto, pues los gobernantes electos, de todo tipo e ideología, se constituyen en una verdadera casta que se autoreproduce y reduce el poder originario del Pueblo, a un mero acto formal expresado en el voto o elección periódica de autoridades. Luego, si fue elegido en elecciones, es democrático, aunque su gobierno diste mucho de hacerse cargo de escuchar las inquietudes y demandas del pueblo o de los ciudadanos.

– De este modo, tenemos un sistema que pudiera ser bueno, pero que no lo es tanto porque ha devenido en un sistema de control de poderes que ha perdido su sentido último, cuál es, ser la expresión de un Pueblo que delibera y resuelve sus conflictos, decidiendo pacíficamente la dirección en que desea ir, y las acciones que desea emprender o no emprender.

– Me parece que una de las causas de este estado de situación radica en lo que se entiende por la democracia representativa como la transferencia de soberanía desde cada uno de los miembros de la ciudadanía hacia sus representantes, que opera como un verdadero traspaso a ciegas, un cheque en blanco, en que el ciudadano vota por un representante cada cierto tiempo, y luego debe ponerse a rezar, si cree en ello, para que el mandatario cumpla su mandato, pues en el tipo de democracia que hemos construido ese mandatario no tiene mandato, ni siquiera es obligado por las promesas hechas al momento de postularse al cargo, sino que obra como si fuera el dueño de la soberanía que se le ha delegado, por lo que no tiene verdadero control y nada que impida generar los mecanismos que logren perpetuarle en la función en que fue investido.

– Quizás en este punto sea necesario preguntarse, qué hace que opere en el representante, investido ya de autoridad institucional, ese mecanismo psicológico e incluso sociológico, que provoca su desafección de la voluntad e inquietudes de aquellos que le han hecho el encargo de procurar el bien común.

– Creo que este fenómeno se produce porque la mayor incompetencia que tenemos hoy como humanidad es no saber escuchar, menos indagar, y como no sabemos hacerlo, porque no se nos ha enseñado, actuamos casi exclusivamente en modo propositivo, contando cada cual solo con su propia visión de las cosas, quizás ampliada con la de su círculo más cercano.

– A ello podemos sumar que hoy en día los humanos vivimos y respiramos inmersos en un sentido común que nos dice que sabemos como las cosas son, que podemos acceder a la realidad y comprenderla en su esencia, asimilando aquello que observamos e interpretamos con lo verdadero, lo auténtico y quizás, si las intenciones son benéficas, con lo bueno y lo bello.

– En ese esquema, cualquier persona, y más, quien ejerce autoridad, sentirá que su propia mirada es la correcta y es la que debe primar sobre las demás, lo que producirá conversaciones de muy mala calidad, en que cada cual solo pretende imponer su punto de vista, sin abrirse explorar la posibilidad de que sea mejorado e incluso sustituidlo por el punto de vista del otro. En cambio, no lo escuchamos, a lo más, para ser políticamente correctos, hacemos como que escuchamos, pero solo como una herramienta para encontrar la forma y momento de imponerse.

– En este sentido, creo que la Ontología del Lenguaje, y particularmente el Coaching Ontológico, tienen una gran significación e importancia en este minuto de cambio vertiginoso de la sociedad, en que hemos desarrollado varias formas posibles de provocar la extinción masiva de la humanidad y desaparición de gran parte de la biosfera.

– Su aporte reside esencialmente en su capacidad comprobada de lograr transformaciones en los observadores, en las personas que se avienen a su estudio y que dejan que les impacte en su vida deviniendo en mejores escuchadores y por lo mismo mejores conversadores, con el impacto positivo que ello representa en la gran red conversacional que es nuestra Sociedad, y cada uno de los grupos humanos que integramos.

– La mirada y aporte del Coaching Ontológico entonces es verdaderamente revolucionario, pues representa un salto cualitativo de la forma de entender al ser humano, la sociedad y por lo mismo de la enfrentar el conflicto.

– En la mirada política tradicional, y desde el sentido común, el conflicto es mirado como algo malo, a lo menos peligroso, pues se le ha visto, vez tras vez, generar odiosidades y acciones atroces, sin embargo, si miramos el conflicto desde la perspectiva ontológica, este no es más que la expresión de la convivencia humana, que no puede ser de otra forma dado que cada uno de nosotros habita un mundo aislado, sin posibilidad de conocer como es el mundo del otro.

– Cada vez, en cada segundo, que convivimos se produce el conflicto, pues este no es más que el choque de voluntades, intereses, deseos y caminos de acción, que siempre son diferentes dada la constatación de que cada uno comprende las cosas de modo peculiar y por lo mismo desea alcanzar resultados diversos.

– La familia, ¿dónde irá de vacaciones?, el País, ¿qué tipo de organización económica se dará?, cada integrante de estos grupos tendrá su particular perspectiva, y es allí donde entra el rol educativo y transformador del Coach, que reconociendo el conflicto, como un hecho de nuestra naturaleza social, posibilita su resignificación, de modo que seamos capaces de enfrentar el conflicto como una posibilidad de obtener un mejor resultado y no como un problema que traba o impide mi o nuestro desarrollo, sino, por el contrario, posibilitando que cada uno pueda reconocerse como observador único, y reconocer a los demás también como observadores únicos, tan legítimos como lo soy yo o mi grupo inmediato.

– Efectivamente, el conflicto es tan natural a la humanidad y a su devenir social e individual como lo es cualquier otro fenómeno humano genérico, como lo es el lenguaje, la corporalidad o las emociones.

– Dada nuestra existencia social, que forma parte de una herencia biológica y cultural que nos hace ser los seres que somos, es que existe el conflicto.

– Somos incapaces, emocional, cognitiva y, por supuesto, productivamente, de ser autosuficientes, no podemos existir en soledad, tanto que la peor de las formas de castigo es el aislamiento completo, peor incluso que la muerte.

– La tragedia aparece porque al momento de decidir qué acción o decisión adoptar se evidencia que cada ser humano tiene su particular visión sobre el asunto y por lo mismo un camino propio que recorrer, que muchas veces será visto como incompatible con el de los demás, e incluso visto como peligroso para la vida en común.

– En este punto aparece un aprendizaje que hemos hecho como especie humana en general, que es creer que somos capaces de acceder a la verdad y por lo mismo a saber cuál es la mejor acción o camino que emprender, dado lo cual, parece “natural” querer que sea nuestro punto de vista el que queramos se imponga.

– En este contexto de sentido, pensar que todos podemos contribuir desde nuestros muy diferentes puntos de vista a generar una mejor solución o por lo menos a una solución adecuada, es contraintuitivo, pues ¿como voy a escuchar o dar autoridad a quien está equivocado?, si precisamente por estar en un error, me o nos pondrá en peligro.

– Sumemos que en este contexto aprendido de sentido, que llamamos metafísico, se nos ha enseñado desde hace milenios que el individuo, es la máxima y principal expresión de lo humano y por lo mismo, el centro de toda consideración, por lo que el interés personal y particular ha sido elevado al criterio de verdad o de validez, tal es lo que se impone y se nos enseña, por ejemplo, en el capitalismo, que eleva la decisión individual del consumidor a causa primera y rectora de todo el sistema social de intercambio y satisfacción de necesidades, por lo que aceptado es lo que acepta el mercado, que no es la sociedad toda, sino la suma de consumidores individuales. Es natural que funcione así.

– Como decíamos, desde el Coaching Ontológico y desde la Ontología del lenguaje, comprendemos al ser humano como solo, aislado en su comprensión del mundo, que siempre será parcial y provisional, y por lo mismo, vemos un ser humano precario, que necesita del los demás seres humanos desde la más básica de las necesidades, que es la de la sobrevivencia.

– No somos capaces de acceder a la verdad, necesitamos comprender la realidad sumando la interpretación de todos y cada uno, escuchando para ello con sinceridad y profundidad, construyendo con ello interpretaciones más poderosas que sean capaces de mejorar los resultados.

– No somos capaces de producir individualmente la más mínima fracción de lo que necesitamos para vivir, por lo que necesitamos trabajar colaborativamente a fin de, no sumar, sino multiplicar la efectividad de los resultados buscados.

– El Coaching Ontológico comparte con la Democracia la visión del ser humano como un ser precario que no alcanza; también de un ser humano que es individuo, átomo, que está condenado a una soledad existencial que en algún plano nunca podrá superar, pero que al mismo tiempo es un ser social que necesita urgentemente resolver el conflicto que pertinazmente aparece en la vida cotidiana de los individuos y los pueblos.

– La democracia ha creado un sistema de convivencia en que el conflicto se resuelve mediante decisiones tomadas por representantes, basado en el principio de la mayoría y en el control permanente de los unos por los otros. Sistema que actualmente se encuentra en crisis debido a que adolece de fallas estructurales que refieren fundamentalmente a que es un sistema que no escucha ni le interesa escuchar verdaderamente, sino que descansa en la confianza que los representantes velarán por el bien común, pero sucede que la mayoría de las veces los representantes solo se escuchan a sí mismos, con lo que desatienden su principal función, cual es, representar.

– En este escenario, el coaching Ontológico y la Ontología del Lenguaje se alzan como una propuesta que trata de obtener que las personas y las organizaciones vivan una transformación que las lleve hacia formas de conversar, de coordinarse, de colaborar, en que aceptando su precariedad como seres individuales, reconozcan y acepten su condición de seres sociales que se constituyen aprendiendo de los conflictos que les toca afrontar en la convivencia.

– Nosotros los coaches ontológicos tenemos la inmensa oportunidad de incidir en los sistemas en que nos desenvolvemos para que las personas aprendan aquellas competencias conversacionales que tienen la virtud de completar esta democracia tan formal y vacía de contenido humano la más de las veces, escuchando, valorando al otro y a sí mismos como seres plenos de dignidad y derechos, elevando los niveles de colaboración efectiva.

– Desde esta interpretación, podemos darnos cuenta que nuestra mirada además de tener un contenido ético, contiene un potencial político absolutamente revolucionario, pues lo que hace es subvertir el entendimiento que tradicionalmente tenemos de la democracia y del poder, pues, a este último lo podemos concebir y vivir, no como la capacidad de modelar la conducta ajena, sino como la capacidad de acción efectiva, que para serlo, tendrá que ser colaborativa, respetuosa y facilitadora del tremendo potencial que cada ser humano posee; y democracia, como aquel sistema de convivencia en que nos relacionamos, colaboramos y tomamos decisiones logrando que cada persona afectada haya tenido la posibilidad de ser escuchada y de incidir en el sentido de la acción y la decisión que se implemente.

– Tenemos la oportunidad de trabajar para que estas competencias, que llamamos conversacionales, vayan ganando terreno en la sociedad, de modo que gradualmente, o quizás rápidamente, se produzca un cambio de paradigma que deje atrás un ejercicio de la política y una democracia meramente formalista.

– Creo que en este terreno, los coaches tenemos un tremendo desafío, cual es, es validar el conflicto, reivindicándolo como oportunidad de aprendizaje, como fuente de oportunidades y mejores posibles futuros; y además, reivindicar la democracia y la política como sistemas que posibilitan la resolución de conflictos, produciendo aprendizajes que la profundicen, mejorando la calidad del diálogo, la escucha, la coordinación de acciones entre todas las personas implicadas, logrando una creciente mejora en la calidad de vida y reconocimiento de la dignidad de cada una de las personas que integramos dichos sistemas.

– Y como dije al comienzo, lo que me mueve es hacer un enlace entre este oficio de ser coach y la Ontología del Lenguaje, con la política, con la resolución del conflicto, pues los quiebres no son más que una manifestación del conflicto, si existe un quiebre es que hay un conflicto no resuelto, y todos nosotros sabemos que un quiebre puede constituir una tremenda oportunidad de crecimiento y aprendizaje.

Carlos Gerardo Astorga Bernales

Coach Ontológico Senior - Newfield Consulting

Magíster en Derecho de la Empresa

Profesor de Derecho Político y Derecho Constitucional

Defensor Público de Chillán

Abogado litigante

Lisette Hernandez

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