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Hace algunos meses tuve un coachee que fue para mi un maestro. Sabía que su evaluación hacia mí no era la más satisfactoria y en una sesión de coaching me expresó que no habíamos trabajado un quiebre significativo para su vida. Al comienzo lo descalifiqué y sentí rabia. Al mismo tiempo, yo había construido sobre él un sinnúmero de juicios para invalidarlo. Dentro de mis explicaciones iniciales sentía que en él veía la profunda sombra de la cultura machista en la que crecí, y empezaron a desfilar en mi mente aquellas figuras de “generales machos” que habitaron en mi familia y en mi colegio.

Durante las primeras sesiones podía percibir la rigidez de mi cuerpo, cómo apretaba mi mandíbula, cómo mi abdomen se encogía y mi escucha entraba en puntos suspensivos, mientras escuchaba sus juicios descalificantes sobre las mujeres de su sistema familiar. Y luego yo pensaba: “Qué desconcierto”, cómo resonaba en mí esa parte de su masculinidad que tanto rechazaba. Y tengo que confesarlo, por algunos días pensé: ¿cómo llegó este personaje a mi vida? ¿Cómo voy a quererlo? ¿Cómo despertar en mí un amor incondicional? Fueron días de reflexión para entender qué me estaba pasando en mi vivencia de ser coach. De esta experiencia me quedan algunos aprendizajes que hoy comparto.

Entre mis reflexiones pasaban algunas conjeturas. Tal vez él estaba levantando frente a mí todas sus corazas para defenderse y ser querido, amado y protegido pero yo había levantado una coraza mayor que me impedía ver su fragilidad y sólo estaba viendo la mía. Tal vez, nunca antes, con tanta conciencia estaba poniendo la camarita en mí sobre mi manera particular de ser coach.

Era interesante. Mientras él me hablaba de la violencia vivida en su familia, yo escuchaba su severidad para juzgar a sus mujeres. Yo veía una figura con toda la imponencia de un gran conquistador, pero frente a su manera de juzgar yo estaba siendo aún mas implacable con él. No fue fácil descubrir en mí la falta de ternura para escuchar su dolor. Yo no había sido un espacio seguro, aunque parecía serlo, para cuidarlo y protegerlo. Yo lo veía con un narcisismo profundo y de frente estaba el mío, lo cual generaba una profunda desconexión. Hoy, luego de un par de sesiones más y de evaluarme como coach, siento que lo escucho con genuino cariño y reconozco en mí la humildad que necesité para yo también sentirme querida y valorada.

También tuve otra maestra. Un día una coachee se me acercó con una mirada desafiante que despertó mi miedo y me dijo: “Nunca te atrevas a tocarme, yo no creo en los abrazos”. Sólo pensé: “Qué personaje tan duro, decirme esto a mí que el abrazo y el contacto son parte esencial de mi vida”. Aquí volví a poner mi coraza sin darme cuenta lo profundo que escondía esta petición. Quería salir corriendo. Una vez más yo misma como coach estaba levantando un muro. Luego entendí la violencia física que había sufrido por parte de su madre y cómo había cerrado su corazón frente al mínimo roce y contacto físico. En este momento yo abrí mi corazón para abrazarla con el alma y desde otro lugar que no fuera el físico.

Aprendí que mis maestros se defendían, y a cambio yo me estaba defendiendo con toda mi investidura de ser coach, y entendí qué es entrar en la vida del otro con genuina compasión.

Ahora pienso: ¡qué grandes maestros he tenido! Ellos me ayudaron a autoevaluarme y me mostraron desde mi piel el valor del respeto, la necesidad de indagar aún con más profundidad y lo que significa la conexión emocional no sólo desde la teoría.

La pregunta fue: ¿qué dejé de ver mientras levanté mi propia coraza? Tal vez tuve una especie de agresión disfrazada que me impedía ver de frente su dolor.

Sin lugar a dudas estas experiencias me fortalecen. Un especie de ‘coach interior’ me acompaña y muestra el camino para reconocerme y ver mis incompetencias en el camino a mi autotransformación como coach y como ser humano.

Siento hacia mis maestros una profunda gratitud. Ellos me enseñaron a ver que el alma tiene más matices de lo que yo estoy viendo, y que para ello no se requiere la resistencia sino la entrega, el amor y la ternura. Reconozco, como nunca, que la vida y la fragilidad de mi coachee son sagradas.

Ana Pastora Agudelo

Coach Ontológico Empresarial en Newfield Consulting.

Comunicadora Social.

Master en Ciencias Políticas.

Lisette Hernandez

2 Replies to “Tu coraza frente a mi coraza”

  1. Anis hermoso escrito; he vivido algunas corazas y es gratificante cuando nos descubrimos detrás de ellas y decidimos quitarlas para acercarnos amorosamente al otro. Gracias!!!

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