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Antes de leer este texto, te recomiendo ver la película. Y luego hacerte las siguientes preguntas:

– ¿Qué te pasó emocionalmente con la película?

– ¿Cuál es el tema principal?

– ¿Cómo conectas con la Ontología del Lenguaje lo que plantea esta película?

– ¿Qué te aporta a tu desempeño como coach ontológico?

– ¿Cómo saliste del cine, cuando la viste?

– ¿Qué sabor emocional te produjo al día siguiente?

Director: Joe Talbot

Productor: Khaliah Neal /Joe Talbot /Dede Gardner /Jeremy Kleiner/Brad Pitt /Christina Oh

Guión: Joe Talbot /Rob Richert

Reparto: Jimmie Fails / Jonathan Majors /Danny Glover /Tichina Arnold /Rob Morgan /Mike Epps / Finn Wittrock/ Thora Birch

Música: Emile Mosseri

Fotografía: Adam Newport-Berra

Edición: David Marks

26 de Enero del 2019 (Sundance)

SINOPSIS

Jimmie Fails (Jimmie Fails) sueña con volver a tener la casa victoriana que su abuelo construyó en el corazón de San Francisco. Cada semana, él y Montgomery (Jonathan Majors), su único amigo, realizan un peregrinaje hacia la casa e imaginan qué habría sucedido si el barrio no hubiese cambiado. Cuando un día Jimmie ve la oportunidad de tratar de volver a conectar con sus raíces familiares y de pertenecer a la comunidad que tanto echa de menos, el joven muchacho vive totalmente ajeno a la realidad del mundo que le rodea.         

“The last black man in San Francisco”

Orfandad es el tema que salta a primera vista. Y tal vez podemos llegar más lejos.

No es una película fácil. La entrada es cómica y ruda al mismo tiempo. Cuesta clasificar el estilo, y choca a veces la estridencia. Las primeras escenas muestran un mundo a través de imágenes que más parecen poesía o teatro, que cine. Unos seres enmascarados y cubiertos por un traje casi espacial limpian la calle, mientras una niña despliega su inocencia al ritmo de las respiraciones encapsuladas. Un grupo de jóvenes negros en la calle, se gritan con actitud agresiva. Familias que pasan entre risas. Y dos jóvenes atraviesan las calles de San Francisco, juntos, en una frágil patineta.

Contrasta el espacio exterior, amplios paisajes llenos de la luz de California, con los mínimos espacios vitales de los personajes de esta historia que conmueve, si se lo permitimos.

Protagonizan dos amigos casi adolescentes y una casa Victoriana que se queja y se vincula con ellos. Jimmie, habitó esa casa cuando era niño y tenía padres. Hoy sin un lugar, rueda por la vida con una foto antigua y una historia: “mi abuelo construyó esta casa en 1946 con sus propias manos”. Su sueño es recuperarla.

La acaricia con sus ojos y con la brocha con la que pinta, sin permiso, sus rincones. La recorre con sus pasos y sus recuerdos. Ella como un gran ser vivo le responde, iluminándose, crujiendo en la escalera, relevando escondites secretos, y respirando con esas maravillosas cortinas blancas que se hinchan como pulmones. Los dueños, ajenos a esta relación, protestan débilmente frente a este amor que se despliega, raro e intrusivo.

Su amigo Allen lo respalda, comprende y quiere. Él es también un ser especial. Crea personajes y escribe obras de teatro en el escenario de un muelle ínfimo, con su único público: las algas de la Bahía. Los peces caen rendidos en su bote. Como solidaria muestra de apoyo a la lucha de su amigo, crea una obra que resume en formato breve, toda la película. La muerte aparece en la obra, como un personaje que trae el asesinato de uno de los muchachos de la pandilla. Durante la obra, la verdad cruda se desata y devela la crueldad del profundo desarraigo, la violencia de la segregación y la condición de ser negro, pobre y joven.

Las escenas, más poesía que cine, van revelando las carencias. En una, especialmente triste, somos testigos del encuentro fortuito de Jimmie con su madre. La cotidianidad del entorno, la torpeza del saludo entre ambos no impide sentir el dolor. Aparece la orfandad, el abandono, la miseria. En otra, Jimmie duerme en el suelo, en una quilla de la habitación de su amigo. La falta de espacio asfixia, no cabe, a pesar de la dulzura de sus anfitriones. Es fuerte verlo sentado en un rincón del sofá con el pedacito de abuelo y de familia, que su amigo le comparte.

Él no tiene abuelo, no tiene padre (aunque vive), no tiene madre (aunque vive), pero tiene una historia que lo vincula desde el origen a la casa que lo apasiona. Esa historia le da un camino, y más que eso, le da un ancla que lo apega al mundo. La casa significa tener un espacio para vivir, recuperar su pasado, proteger su presente. Le da una llave con una puerta, un balcón para asomarse a la vida, y más todavía, le permite ser él (entre todos, él) quien ofrece una habitación a su amigo.

Mientras despliega su lucha por quedarse con la casa, emerge San Francisco, la ciudad, como un marco emotivo. La casa no está en cualquier lugar. La casa está en una de las colinas que miran el Golden Gate. La gente de la ciudad tiene su parte en esta historia. Los nudistas, los hippies ancianos, los turistas, y los sin casa que viven en autos iluminados con luces de navidad. Todos desfilan en una relación entre trágica y cómica, conviviendo entre la risa y la violencia.

Los buses van y vienen, como un minutero urbano que marca el ritmo de la vida. Al final, ocurre lo que se espera desde el comienzo, el mundo arremete y perder la casa es un primer desgarro. El siguiente es el suicidio de la patineta. El último, tal vez el más importante, es perder su historia. A Jimmie le tocó aceptar que siempre supo que no era cierto, que todos sabían, y que él se mantenía creyendo que las manos de su abuelo habían forjado cada rincón de esa casa, solo como una forma de mantenerse en el planeta. Literalmente se queda sin un espacio para colocar los pies.

Recoge sus cosas, se despide del amigo, y son olas del Pacífico las encargadas de contarnos, que el botecito amarillo en el que Jimmie rema, ya sin ancla, va hacia alguna o ninguna parte, mar adentro, alejándose de su San Francisco y de su niñez.

Alicia B. Pizarro Domínguez

Directora. Fundadora Newfield Consulting / ECORE

Julio 2019

Alicia Pizarro

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